Pocas cosas resultan tan repugnantes como leer o escuchar opiniones sobre política que carecen del más mínimo recato de razonamiento, como si el "yo opino" fuera un derecho concedido por el simple hecho de expeler aire por la laringe y fonar cualquier cosa que pueda ser reproducible de tal modo como si mereciera siquiera ser oída. Todo derecho conlleva, o debería conllevar, cierta responsabilidad; y cuando hablamos del derecho a la "libertad de expresión", debería entenderse que tal cosa como "expresión" contiene una lógica intrínseca y una serie de normas dentro de las cuales se ejecuta, porque no todo lo que puede ser dicho debería ser dicho, del mismo modo que todo lo que puede hacerse, tendría por qué hacerse. El ser humano puede, en la práctica, construir el arma más letal de la historia, capaz de aniquilar a cada ser vivo en la tierra, y no por eso debería realizarse, ¿y qué sentido tendría crear algo que elimine a todo, incluso a su creador? Entonces, toda expresión es una acción en tanto que produce efectos objetivos y/o subjetivos, y por lo tanto, cuando se expresa algo también hace falta entender si, como el arma, es capaz de destruir sin importar la magnitud, y preguntarnos si tal cosa es lo que buscamos. Y al expresar una opinión, es preciso entenderla de tal modo que comprendamos cuál es su origen ético y moral y sus consecuencias éticas y morales finales.
La política es la administración de la polis o civilización, en el sentido de tomar decisiones que afectan a los grupos humanos, y es que resulta obvio que por alguna razón más biológica que psicológica, seguramente, los humanos siempre hemos sentido esa necesidad de vivir en grupos, y ello sea tanto una ventaja como una desventaja. No vamos a entrar en materia sobre cómo juzgar si algo es ventaja o desventaja, que eso es materia de la moral y la ética, sino de que toda opinión política es necesariamente moral y ética, en tanto que busca tomar decisiones a partir de juicios, y todo juicio no se hace sino dentro de la moral y la ética, siendo estas áreas de filosofía en tanto que constituyen saberes fundamentales. Por lo tanto, la política es filosófica en el sentido de que está ligada a la moral y la ética.
La moral y la ética constituyen saberes fundamentales, y no son aspectos que puedan o deban ser analizados fuera de la lógica, pues fuera de la lógica, la línea entre lo real y lo irreal, y entre lo posible y lo imposible, se borra y produce nada más que nihilismo, y el nihilismo propugna la anulación de todas las cosas de forma cínica en la que ya nada importa. La lógica es la rama de la filosofía que se encarga, precisamente, de plantar los criterios que determinan lo que es real de lo que no es, y lo que es posible de aquello que no lo es, y por tanto, al hablar de la moral y la ética dentro de la lógica debemos entender que toda opinión ilógica es, por consiguiente, amoral y antiética. De este modo, resulta que toda opinión política que no se ampare en los criterios de la lógica, es amoral y antiética, y por consiguiente carece de filosofía, y conlleva, necesariamente, a un nihilismo desvergonzado que desvirtúa la inteligibilidad humana, la sociedad y la civilización, propugnando la aniquilación de todo, como lo haría el arma de la que hablábamos, capaz de eliminar incluso a su propio creador.
En conclusión, no se puede y no se debe hablar de política sin entender de filosofía, y que una opinión política es válida en tanto opera dentro de criterios filosóficos. Cualquier opinión política que carezca de criterios filosóficas no debe ser oída ni leída, sino sepultada con el nihilismo, y su autor refundido en cualquier lugar donde la civilización de pueda tener alcance.
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