martes, 19 de febrero de 2019

Las Sociedades de la Piedad




Las Sociedades de la Piedad
Por Marcelino Rivera

Es increíble mirar como las sociedades se transforman paulatinamente a través de las distintas generaciones.

No voy a entrar en formalismos para decir que lo que continuación escribo, que no es otra cosa que lo que mi opinión libre dicta, no sin antes acuñar un eufemismo muy utilizado hoy en día: "mi opinión no es humilde; es una flecha que lleva veneno en la punta para herir sin compasión".

Más allá de lo que la sociedades actuales nos ofrecen, me parece, sin temor a equivocarme, que somos el producto de la grandeza de grandes personajes históricos, quienes "dieron su vida" para declarar es un estado de libertad de la que casi todos los que hemos nacido en alguna de las ciudades emblemáticas de nuestros países de origen gozamos ahora. Y he decir con tal vehemencia que esa "libertad" es sin duda responsable de la decadencia filosófica de nuestros tiempos. Hay ahora en casi todo el mundo un demonio terrible que golpea y amenaza con acabar con la poca esperanza que teníamos algunos de que la humanidad evolucionara hacia una especie noble y libre. Sí, ese demonio al que la gente osa llamar "moral" con tanta frialdad que ni siquiera se muerden la lengua por accidente.

El fílósofo aleman Friedrich Nietzsche fue el pionero de la que ahora se llama, no sin un sentido peyorativo y malintencionado, "filosofía del nihilismo o del pesimismo". No es el primero de los pensadores más brillantes a los que se sataniza y se malinterpreta sus palabras. Tal y como lo expone en su obra "El anticristo", las sociedades de la moralidad actuales son en realidad el demonio al cual debemos temer. Hay en cada esquina sujetos hablando sobre "lo correcto" y "lo incorrecto" acerca del actuar de las personas con quienes no se sienten identificados, pero en el fondo no hacen otra cosa que demostrar su estupidez al proyectar sus defectos sobre otra persona. Este es un pensamiento tan común hoy en día que es verdaderamente difícil encontrarse a una sola persona que no se sienta tan mal que deba recurrir a aplicar sus leyes morales en el prójimo.

La hipocresía es algo evidente en las sociedades de la moralidad. Por mencionar un ejemplo, el suicidio sigue alarmando a la gente, quienes se rasgan las vestiduras diciendo "pecado, abominación, cobardía, estupidez", y algunos muestran uno de los sentimientos más bajos en que se suele caer: la piedad. La vida es algo que le pertenece a cada uno, y no atañe a nadie más lo que cada uno haga con ella. Los mismos que condenan el suicidio son los mismos que no entienden la miseria en la que en diferente grado hemos sufrido algunos. Tanto más satanizada cuanto más llena de placeres haya sido nuestra vida. Pero esos mismos que comen pan sin levadura y caviar son los mismos que saltan a maldecir el suicidio, juzgan al pobre que roba para comer y discriminan al sujeto malvestido de su trabajo. ¿Cuántas veces no hemos nosotros mismos despreciado a alguien por la razón más estúpida que se nos pueda ocurrir? ¿Cuantas veces nos hemos acercado al sujeto "raro" del trabajo para interesarnos en su vida? ¿A caso no es lícito que una persona cuya vida está llena de miseria desaparezca sin que podemos alarmarnos? Después de todo, eso es lo que hacemos cada día, cuando ignoramos al amigo que se acercó a nosotros para contarnos con alegría sus hazañas.

Esas sociedades de la moralidad no son más que el engrandecimiento del ego, de la podredumbre defecada por la religión y los filósofos moralistas de la sociedad moderna. Sociedades ególatras que mendigan piedad donde ellos no son capaces de darla, a los que ofendes con expresar tu opinión. La piedad engrandece el ego del que la da y convierte en sanguijuela a quien la recibe; prolonga el sufrimiento y propaga la moralidad de las sociedades decadentes actuales. Ojalá no llegase el día en que la sociedad de la piedad mendigue por "lo correcto" y censure la realidad hasta llegar a la idiotez severa, en la que los pensadores ya no piensen con libertad y se expresen sin temor a ser censurados o tachados de nihilistas o pesimistas.

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