Los dominios del señor capital acontecen del mismo modo que el sol cubre con su manto ineludible los monumentos ideados en su honor cada vez que el alba nos alcanza. Pero no hay igual dignidad en el dolor de la piel quemada por el calor del sol que la que es quemada en la construcción de los cimientos de la vanagloria que se erige sobre nuestros hombros para oprimirnos. ¿Es que hay otra opción?
Aquel señor, de bigotes blancos como la seda y traje negro teñido con la sangre de quienes nos antecedieron, es el amo indiscutible, que a sus ojos, no tenemos más que una vida vacía y carente de sentido, algo digno siquiera de ser devorado por los cuervos, quienes habrían de vomitar de sus entrañas algo tan pestilente y vomitivo.
¿Pero acaso los señores no se erigen sobre los huesos de aquellos inmundos sobre los que se vanaglorian? ¿No son acaso estos que dicen "lo hacemos por hambre" los que sostienen al viejo cascarrabias? Los procariotas enarbolan mejor su espíritu que aquellos, sin rechistar cultismos en que en el fondo no son más que el reflejo de un espíritu carente de toda voluntad.
"Los esclavos no hemos de ser nosotros", repiten al unísono mientras mastican carnes de la peor calidad que jamás se haya comido, y pensando en qué habrán de comer en el ocaso. Han abandonado la pulcritud de su espíritu para someterse a los placeres carnales más primitivo a cambio de una caricia del señor. ¿Es que acaso no es mejor respirar el aire fresco bajo la sombra de un árbol escuchando el canto de las aves que respirar los fétidos olores de la maquinaria que nos destruye?
Aquellos quienes fueron esclavos durante el dominio del viejo señor que acabó falleciendo a manos de este nuevo entendía mejor aquella palabra que "los elitistas" pregonaban a diestra y siniestra buscando su propio dominio, pero a la vez, algo que traería oportunidades nuevas y mejores. No es ilícito aliarse por intereses, como sí lo es cambiar de yugo y de amo por simple cobardía y comodidad. Pero ya el esclavo encontró en el nuevo señor a un héroe a quien admirar, y hoy no hay más sueño para el esclavo que parecerse cada día más al amo, porque hicieron de la sumisión una virtud humana inquebrantable.
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