martes, 2 de junio de 2020

HISTERIA URBANA Y SÍNDROME DE ESTOCOLMO

La ciudad es sin duda un complejo sistema en el que interactúan toda clase de personas, animales, seres vivos en general y objetos inertes.

Aquellos quienes habitan las grandes ciudades, si es que son un poco conscientes de su vida, se habrán dado cuenta de algo sobre lo que escribo a continuación. De cualquier forma, más que dejarnos seguir inmersos en la rutina, conviene de vez en cuando reflexionar sobre lo que hacemos y el por qué lo hacemos.

La ciudad es sin duda un complejo sistema en el que interactúan toda clase de personas, animales, seres vivos en general y objetos inertes. Es un ecosistema súmamente complejo del que muchas veces es difícil hablar en su totalidad. En lo que respecta a los seres humanos, sus relaciones que constituyen el constructo social, conforman el principio y la finalidad de los acontecimientos en el macroecosistema urbano.

 En un sistema tan complejo como la ciudad, resulta lógico pensar que haya en un solo día tantas cosas por hacer que el tiempo se escurra como “agua entre los dedos”. Todo lo cual es un potente generador de histeria urbana. La histeria se entiende como la expresión exagerada y enérgica de las emociones humanas; dicha expresión genera un estrés sostenido que socava la salud psicológica y por último la salud física de las personas, las que finalmente mueren en un fúnebre acto lleno de llantos y lamentos. De cualquier modo, algunos somos conscientes mientras que otros, cual si fueren animales salvajes, viven automáticamente como un robot, pero indiferentemente el grado de consciencia la situación es parecida a una prisión en donde todos los prisioneros saben que van a morir: unos deprimidos y otros festejan – para no lamentarse de lo que pudieron haber hecho en vida -. Es indiscutible el hecho de que gozar de un mayor nivel de conciencia no hace otra cosa que exagerar el estrés y quitar el sueño, uno de los pocos placeres de la vida. A propósito de los placeres de la vida, los cuales son: comer, dormir, defecar, la micción y el sexo; en las grandes urbes estos racionados y muchas veces reducidos porque son vistos como actos nada productivos, cuya única finalidad es restar tiempo a las actividades “importantes”.

Para entender lo anterior debemos hacer hincapié la famosa pirámide de las necesidades de Maslow, en donde es posible escalar sólo sí se logra satisfacer necesidades elementales hacia las más complejas. De mayor a menor importancia se ubican: necesidades fisiológicas, necesidades de seguridad, necesidades sociales, estima y por último autorrealización. Aunque quizá muy pocos conozcan de su existencia, su aplicabilidad es universal. A partir de aquí se puede observar que las desigualdades sociales determinan hasta qué nivel es posible escalar para cada persona. Entonces, dado que las necesidades generan estrés, y el estrés genera histeria, las necesidades son generadoras de histeria urbana.

El síndrome de Estocolmo, por otra parte, es un fenómeno sumamente interesante, y que básicamente hace referencia a la identificación y formación de un vínculo emocional y afectivo entre una víctima y su agresor. Las necesidades descritas por Maslow constituyen una agresión en tanto no pueden ser satisfechas, y por lo tanto es posible desarrollar el síndrome antes mencionado con los agresores. Pero, si las necesidades son las agresiones, ¿quién es entonces el agresor? La respuesta más sencilla es que no hay un solo agresor, sino que el agresor es el sistema que hace funcional a la ciudad. El síndrome de Estocolmo, en este contexto, funciona de dos maneras: como un mecanismo de defensa y como un mecanismo que prolonga las agresiones. Al funcionar como un mecanismo de defensa, este síndrome ocasiona la formación de vínculo afectivo hacia la rutina que disminuye el estrés y la histeria urbana; pero la rutina funciona al mismo tiempo como una prisión, en la que existen límites hasta del pensamiento. La tendencia natural de todo ser vivo, incluidos los seres humanos, de buscar escalar en la pirámide de las necesidades de Maslow hace que las agresiones sean percibidas en modo de fluctuación, en donde a veces la rutina es vista como algo que disminuye el estrés y otras veces como una prisión. Como mecanismo que prolonga las agresiones, el síndrome de Estocolmo actúa como resultado de la sensación de bienestar con respecto al agresor, lo que por último ocasiona el pensar que el agresor hace todo lo que hace por protección de la víctima, y por lo tanto el deseo de permanecer al lado del agresor.

Por todo lo anterior, el apego de las personas a las necesidades y al estrés que estas generan, como mecanismo de defensa y prolongador de las agresiones, las personas que habitan las ciudades desarrollan el síndrome de Estocolmo en modo colectivo. Este mecanismo de defensa es el principio y fin de las ciudades, que se ven inmersas en un círculo vicioso que desgasta la salud psicológica y física, en donde las personas trabajan para comer y comen para trabajar, hasta que la muerte rompe ese círculo.

Como mecanismo de defensa, el síndrome de Estocolmo es algo que bueno, pero como mecanismo prolongador de las agresiones conviene ser erradicado. Obviamente que esto es generador de discordia, y quizá para algunos sea algo bueno (aunque después de una rutina extenuante no hagan más que llorar sobre la almohada) y para otros algo malo que debe ser erradicado (aunque vivan constantemente peleando contra los demás por negarse a formar un vínculo con el agresor, y quizá con suerte terminen marginados y nadie les tome en cuenta). Finalmente la decisión es de cada uno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario