HISTERIA URBANA Y SÍNDROME DE ESTOCOLMO
La ciudad es sin duda un complejo sistema en el que interactúan toda clase de personas, animales, seres vivos en general y objetos inertes.
Aquellos quienes habitan las
grandes ciudades, si es que son un poco conscientes de su vida, se habrán dado
cuenta de algo sobre lo que escribo a continuación. De cualquier forma, más que
dejarnos seguir inmersos en la rutina, conviene de vez en cuando reflexionar
sobre lo que hacemos y el por qué lo hacemos.
La ciudad es sin duda un complejo
sistema en el que interactúan toda clase de personas, animales, seres vivos en
general y objetos inertes. Es un ecosistema súmamente complejo del que muchas
veces es difícil hablar en su totalidad. En lo que respecta a los seres
humanos, sus relaciones que constituyen el constructo social, conforman el
principio y la finalidad de los acontecimientos en el macroecosistema urbano.
En un sistema tan complejo como la ciudad, resulta
lógico pensar que haya en un solo día tantas cosas por hacer que el tiempo se
escurra como “agua entre los dedos”. Todo lo cual es un potente
generador de histeria urbana. La histeria se entiende como la expresión
exagerada y enérgica de las emociones humanas; dicha expresión genera un estrés
sostenido que socava la salud psicológica y por último la salud física de las
personas, las que finalmente mueren en un fúnebre acto lleno de llantos y
lamentos. De cualquier modo, algunos somos conscientes mientras que otros, cual
si fueren animales salvajes, viven automáticamente como un robot, pero
indiferentemente el grado de consciencia la situación es parecida a una prisión
en donde todos los prisioneros saben que van a morir: unos deprimidos y otros festejan
– para no lamentarse de lo que pudieron haber hecho en vida -. Es indiscutible
el hecho de que gozar de un mayor nivel de conciencia no hace otra cosa que
exagerar el estrés y quitar el sueño, uno de los pocos placeres de la vida. A
propósito de los placeres de la vida, los cuales son: comer, dormir, defecar,
la micción y el sexo; en las grandes urbes estos racionados y muchas veces
reducidos porque son vistos como actos nada productivos, cuya única finalidad
es restar tiempo a las actividades “importantes”.
Para entender lo anterior debemos
hacer hincapié la famosa pirámide de las necesidades de Maslow, en donde es
posible escalar sólo sí se logra satisfacer necesidades elementales hacia las
más complejas. De mayor a menor importancia se ubican: necesidades
fisiológicas, necesidades de seguridad, necesidades sociales, estima y por
último autorrealización. Aunque quizá muy pocos conozcan de su existencia, su
aplicabilidad es universal. A partir de aquí se puede observar que las
desigualdades sociales determinan hasta qué nivel es posible escalar para cada
persona. Entonces, dado que las necesidades generan estrés, y el estrés genera
histeria, las necesidades son generadoras de histeria urbana.
El síndrome de Estocolmo, por
otra parte, es un fenómeno sumamente interesante, y que básicamente hace
referencia a la identificación y formación de un vínculo emocional y afectivo
entre una víctima y su agresor. Las necesidades descritas por Maslow
constituyen una agresión en tanto no pueden ser satisfechas, y por lo tanto es
posible desarrollar el síndrome antes mencionado con los agresores. Pero, si
las necesidades son las agresiones, ¿quién es entonces el agresor? La respuesta
más sencilla es que no hay un solo agresor, sino que el agresor es el sistema
que hace funcional a la ciudad. El síndrome de Estocolmo, en este contexto,
funciona de dos maneras: como un mecanismo de defensa y como un mecanismo que
prolonga las agresiones. Al funcionar como un mecanismo de defensa, este
síndrome ocasiona la formación de vínculo afectivo hacia la rutina que
disminuye el estrés y la histeria urbana; pero la rutina funciona al mismo
tiempo como una prisión, en la que existen límites hasta del pensamiento. La
tendencia natural de todo ser vivo, incluidos los seres humanos, de buscar
escalar en la pirámide de las necesidades de Maslow hace que las agresiones
sean percibidas en modo de fluctuación, en donde a veces la rutina es vista
como algo que disminuye el estrés y otras veces como una prisión. Como
mecanismo que prolonga las agresiones, el síndrome de Estocolmo actúa como
resultado de la sensación de bienestar con respecto al agresor, lo que por
último ocasiona el pensar que el agresor hace todo lo que hace por protección
de la víctima, y por lo tanto el deseo de permanecer al lado del agresor.
Por todo lo anterior, el apego de
las personas a las necesidades y al estrés que estas generan, como mecanismo de
defensa y prolongador de las agresiones, las personas que habitan las ciudades
desarrollan el síndrome de Estocolmo en modo colectivo. Este mecanismo de
defensa es el principio y fin de las ciudades, que se ven inmersas en un
círculo vicioso que desgasta la salud psicológica y física, en donde las
personas trabajan para comer y comen para trabajar, hasta que la muerte rompe
ese círculo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario