viernes, 20 de septiembre de 2019

Ad populum: la falsa verdad popular

La democracia popular no refleja sabiduría, sólo la decisión consensuada e independiente de lo considerado moralmente tradicional.

Finalmente se nos va la segunda década del siglo XXI D. C., pero nos deja un mal sabor de boca y el soplo de vientos con aire místico y de incertidumbre. La democracia en El Salvador pareciera estar plagada de una especie de maldición cuando nos detenemos a reflexionar sobre las decisiones políticas y el control del estado, especialmente durante las últimas tres décadas.

Empecemos por reflexionar acerca del conflicto civil armado durante 1980 a 1992, que independientemente de las razones de su ocurrencia, refleja dos cosas: una cosa buena y una cosa mala. La cosa buena es que refleja el interés de un sector de la población por hacer bien las cosas, comandado por todas aquellas personas que han creído en un país mejor. Por otro lado, la cosa mala, donde ya entran en juego una enorme cantidad de intereses particulares que se sobreponen al bienestar social.

Durante las últimas tres décadas, posterior a la firma de los acuerdos de paz, El Salvador entra en un período de "la paz después de la tormenta", lo que significa la esperanza de florecer para la economía nacional y los pequeños emprendedores, personas que quieren sobrevivir y reponerse a la gran catástrofe que significó la matanza. Muchas familias todavía lloran la perdida de familiares y amigos, y algunos presentan secuelas físicas y psicológicas imborrables. Quizá sea esta esperanza lo que potenció el auge de muchas microempresas y las escuelas se volvieron a llenar de niños, con sus risas y griterío. Ya hay en el ambiente silencioso la alegría y la paz que a todo ser humano conmueve. Es entonces que ascienden al poder gobernantes impulsados por el apoyo popular debido a sus acciones, y hay héroes a quienes venerar.

¿Quién hubiera imaginado que aquella esperanza se transformaría al cabo de 30 años en angustia? Con la deportación de salvadoreños refugiados en Estados Unidos durante el conflicto armado, otro gran problema daría inicio. Los grupos de deportados se establecieron en asentamientos, y con ellos la importación de mañas como la del crimen organizado. Gracias a la corrupción que ocasionó un empobrecimiento de la gente, estos grupos establecieron una compleja red de delincuencia, con arraigo cultural y con el respaldo de las personas, a quienes estos grupos decían defender.

Después de esos 30 años, estando la gente cansada de la misma clase política, en las elecciones del 2019 asciende al poder Nayib Bukele como presidente de la república. Se trata de una figura con un pasado político llamativo, habiendo sido alcalde de Nuevo Cuscatlán y San Salvador, en donde algunas obras le bastaron la aprobación popular. El bullicio encendió las miradas de los medios internacionales, quienes le adjudicaron una imagen impecable. Pero no todo lo que brilla es oro. Su campaña presidencial estuvo llena de incertidumbres. Fue expulsado del partido en que militó por varios años, y tras una serie de hechos se convierte en candidato a la presidencia por el partido GANA, del que algunos meses atrás había asegurado que jamás sería parte de sus filas. Su campaña estuvo llena de dudas, aparentaba no tener un plan de gobierno, y se negó a participar en debates presidenciales, se escondió detrás de las redes sociales y demostró falta de interés en el sector pensante de la población.

Durante los primeros 100 días de su gobierno, se ha mostrado reservado y autoritario, su gabinete de gobierno se caracteriza por una personalidad sumisa. El nuevo presidente se dedicó a dar órdenes a sus ministros, quien no objetaban palabra alguna. Aunque se ha vendido a la gente como un presidente diferente, también ha tajantemente. Por ejemplo, aseveró a los medios nacionales e internacionales que los hospitales nacionales estaban completamente abastecidos de medicamentos, cuando la realidad es completamente diferente. Durante su discurso de los 100 días atacó torpemente al sector médico, confirmando a los sectores populares la incompetencia de los recursos humanos. Nayib Bukele es el presidente que no defiende al pueblo, sino que refiere ser él mismo "el pueblo", y en nombre de la voluntad popular ordena a diestra y siniestra lo que la gente quiere escuchar. De este modo es un mesías para los sectores populares, quienes incluso se han adjudicado la tarea de hacer justicia con sus propias manos, agrediendo al personal que labora en el sector salud.

Nayib Bukele ha mostrado durante los primeros 100 días la actitud de un dictador. Sus ministros, al igual que él, se han dado a la tarea de aplicar justicia en los diferentes ministerios, violentando los derechos humanos y de los trabajadores. Su ministra de salud de ha caracterizado por hacer y respaldar afirmaciones falsas.

La voluntad popular se equivocó en las elecciones presidenciales de los 30 años previos y da la sensación de haberse equivocado al elegir como presidente a una personalidad dictatorial. Ojalá que estas palabras no denoten el devenir de tiempos oscuros para El Salvador, donde el trabajo represente esclavitud y la libertad de expresión una condena de muerte.

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