Pensar bien y pensar con rapidez no son lo mismo, aunque la tendencia de la corriente popular y el ajetreo de la muchedumbre son la brújula que guía el gran navío llamado sociedad
La gran quimera, esa que la muchedumbre venera con tanta vehemencia y que apresa con un afán inaudito y repudiable para los pensadores, la que osan llamar sociedad y de la cual no somos más que prisioneros, no hace sino inyectar dosis de adrenalina a un mundo que se está quedando sin combustible. Más allá del hecho inminente basado en la lógica de que el petróleo es una fuente agotable, el combustible del intelecto se está agotando. ¿De dónde proviene este combustible? Pues del ocio.
Hoy en día el ocio se ha satanizado como el causante del subdesarrollo y la miseria, cuando en realidad fue el motor que propagó la expansión de la gran quimera. Habrá que entender a profundidad el significado real del ocio. Y aunque muchas veces se está consciente de la importancia del ocio, no siempre resulta un proyecto posible y/o deseado. Tal vez porque desde chicos hayamos aprendido y nos hayamos adaptado a vivir en este donde se premia la rapidez por encima de la calidad, y que sea un modo operativo condicionado donde el ocio que de niños hayamos disfrutado no tenga más cabida como causante del estado de felicidad en la adultez. El ocio sin duda representa hoy en día un espacio más pequeño en nuestras vida. ¿No fue acaso el ocio el que promovió la creación de los sistemas de redes sociales, de parque, de juegos, de la pintura y la música y de la belleza misma? Y aunque el resultado de la mayoría de estas cosas fue acortar el propio ocio, no era su finalidad, y tampoco es el causante de la rapidez que se exige a la mayoría de manufacturas.
No sé de dónde provenga directamente este ajetreo, o tal vez provenga de tantas fuentes que sea necesario individualizar los casos, pero sea cual sea la causa es un mal que destruye el ocio, el gran creador y motor del desarrollo humano. ¿De qué manera lo hace? Pensar con rapidez y pensar bien no son la misma cosa. Esto se entiende mejor cuando entendemos el significada de eficacia y eficiencia. Llegar primero no es más importante que llegar seguro. Cuando se emprende una carrera es vital tener esto en cuenta, y las estadísticas muchas veces reflejan esta realidad, en donde el riesgo, intangible e invisible, determina la probabilidad de llegar y los recursos necesarios en función del modo operativo de cada individuo. De este modo, el riesgo no es igual para quien conduce a toda velocidad que para aquel que conduce a una velocidad acorde con su capidad de respuesta psíquica. El cerebro es una gran maquina, y ejecuta comandos complejos e integrados en periodos de tiempo bastante breves. Sin embargo, la respuesta adrenérgica es un circuito integrado que funciona por separado de la corteza prefrontal, encargada de procesar la información y modular las respuesta psicomotoras. El circuito adrenérgico privilegia la rapidez de respuesta, el llegar primero, el conducir a toda velocidad y la eficacia; pero no es un sistema infalible. Sus respuestas son patrones evolutivos aprendidos, y es lógico que la realidad sucede a veces de modos extraños, lo que entorpece este sistema. Mientras la corteza prefrontal privilegia el conducir a una velocidad prudente, integrada, eficiente, el saber llegar y llegar seguro.
Así podemos ver que operar con rapidez no siempre es una ventaja. La sociedades actuales optan por la rapidez y no tanto por la seguridad. Cuando elegimos gobernantes, la rapidez es una variable inversamente proporcional a la calidad del gobernante en su rol. Pensar bien es algo que todos deberíamos considerar más a menudo.
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