Pacto de bondad
(Por Marcelino Rivera)
Pensaba ayer en la tortura del mañana cuando,
vino entonces de repente a mi mente,
el regazo de mi amada soledad.
Oh, amada soledad, que mis lágrimas secaste.
Pero de pronto la duda irrumpió mis penumbras;
algo estaba cambiando sin saber por qué.
Era yo entonces un extraño corpulento sinvergüenza,
mi pequeña soledad, mi pedacito de dulzura,
era apenas tan pequeña que mis brazos ocultaban.
¿Cuándo ha ocurrido? Me lo preguntaba sin cesar.
Aún con la duda en mi cabeza y mi llanto de cobarde,
Me arremangué con coraje y até los cordones de mi calzado,
le abracé con fuerza y juré amarle siempre,
me levanté aun con mis rodillas tuertas y el gusano parlanchín,
y emprendí el viaje hacia la locura.
Caminando zascandil con el miedo hasta la conciencia
me encontré vagando cuando vino a mí la persona menos esperada.
No vestía joyas ni lujuria,
pero estaba seguro de que algo tramaba ante este mentecato.
Y fue allí que todo cambió;
no recuerdo cuándo el miedo se esfumó,
y el pútrido olor nauseabundo de la desconfianza se hubo marchado.
Ni siquiera tengo la certeza de que haya ocurrido,
Pero tengo la fijeza y el coraje de encarar con inocencia la decencia de
mi ausencia de mi amada soledad.
No deseo nunca su aliento extraer,
y si lo cometiere,
mi condena se extendiere con pesar a la firma del pie de estos garabatos
como pacto de bondad.
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